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ANTE EL DRAMA DEL FESTIVAL DE BUSAN

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Durante el mes de febrero, justamente el período que más nos absorbe y despista por la inminencia de nuestro certamen, a los organizadores del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria nos fueron llegando noticias esporádicas sobre la gravísima situación que vive el BIFF (Festival Internacional de Cine de Busan, Corea del Sur). Sorpresa mayúscula y desagradable, porque el BIFF no es un festival cualquiera. Especialmente para nosotros, que por muchas razones mantenemos una relación especial con Corea, con su cine y con el propio BIFF.
Nacido poco antes que el nuestro, el BIFF se convirtió en muy pocos años en el mayor festival de Asia, y uno de los más influyentes y apreciados del mundo. Lo admirábamos como a un coloso amable y querido, tan acogedor como gigantesco. Desde la primera visita de su inolvidable fundador, Kim Dong-ho, a nuestro festival en 2004, asistir a cada edición del BIFF fue durante años una obligación inexcusable. Cuando no hemos podido estar allí, hemos buscado puntualmente sus catálogos, sus noticias. Ha sido, y ojalá que siga siendo, una de nuestras fuentes imprescindibles. Allí conocimos a muchas de las personas y vimos muchas de las películas que nos permitieron ampliar horizontes, madurar una visión e idear posibilidades para el festival que hacemos en Las Palmas de Gran Canaria.

La actual y lamentable situación que experimenta el BIFF se remonta a la edición de 2014, cuando la dirección fue presionada por el mismísimo presidente del certamen, Suh Byung-soo, a la sazón alcalde de la ciudad de Busan, para retirar de su programa una película “políticamente sensible”, Diving Bell (o The Truth Shall not Sing with Sewol), un documental sobre el desastre naval del ferry Sewol en 2014, en el que murieron 304 personas. Ante la negativa de Lee Yong-kwan, director ejecutivo del BIFF, a plegarse a semejante acto de censura, la corporación emprendió una campaña contra él y, por extensión, contra el equipo organizador del festival.
Tras un año y medio de hostilidades, durante el cual se ha acusado al certamen de desvío de fondos para así reclamar la dimisión de Lee, ha sido el propio alcalde Suh quien, haciendo gala de un falso gesto democrático, ha dimitido de sus funciones como Presidente del BIFF el pasado mes de febrero de 2016. Travistiendo así en sacrificio lo insostenible de un chantaje, Suh culmina así la retirada del respaldo de la corporación al festival, tal como puede comprenderse en sus declaraciones: “He decidido dejar mi cargo (como Presidente del BIFF) porque parecía que el vínculo de la ciudad con el festival de cine dañaba su independencia, hasta el punto de ser visto como generador de conflicto con la industria del cine”. A lo que añadía: “El actual estatuto que designa al alcalde de la ciudad como presidente del Festival será revisado para dirigirlo más al sector privado. Esto ayudará al Festival a madurar.”

Por su parte, Lee Yong-kwan ha sido cesado de facto, al no renovarse su contrato vigente hasta el pasado 26 de febrero. Lee llevaba nueve años en el cargo, de renovación trienal.

La deriva de esta situación pone al BIFF ante un futuro incierto. Una carta abierta al alcalde Suh, firmada por 114 personalidades vinculadas al cine en todo el mundo –cineastas, críticos, académicos y representantes de otros festivales (incluyendo Cannes, Venecia, Berlín, Toronto, Rotterdam), fue remitida y publicada el 18 de febrero, dos días después del golpe de teatro dimisionario del regidor. En ella se reivindican la libertad de expresión, la ausencia de interferencias políticas que disfrutó el BIFF “durante diecinueve de sus veinte años de existencia”, y la figura del director Lee Yong-kwan. Asimismo, está activa la campaña #ISUPPORTBIFF de apoyo al BIFF y al ya ex director.

Aun siendo conscientes de que nuestras palabras, además de tardías, sólo pueden ser testimoniales, los miembros del equipo organizador del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria queremos manifestar nuestra honda preocupación y nuestro decidido apoyo a la organización del BIFF; a su cesado director; al festival que conocíamos y del que tanto hemos aprendido.

Nos cuesta aceptar que una institución con la fuerza y la trayectoria del BIFF involucione hacia un estado de cosas políticamente controlado. Nos cuesta aún más imaginar que la ciudad de Busan, tan dinámica, y el propio cine, que en Corea ha tenido uno de sus frentes más activos y libres, puedan quedarse sin el BIFF.

El impulso básico de todo festival que se precie es, precisamente, la desobediencia a los criterios verticales del poder sobre un sector crítico de la producción cultural, como es el cine. La paradoja es que, para ello, necesitamos el amparo de las instituciones públicas, porque a estas se las supone guiadas por un ideario, el principio de ciudadanía que conlleva la estimación del saber y de las artes como bienes dotados de valor por sí mismos, y no por intereses económicos, sectoriales, de partido o de Estado. La dependencia económica nunca debería presuponer un peaje en dependencia programática. Una cosa es que los festivales, como cualquier ámbito de producción cultural, sirvan de soporte publicitario a la comunidad que los sostiene –la ciudad– y a sus patrocinadores privados. Y otra muy distinta es someterlos a necesidades de propaganda. Mucho menos cuando se trata de la propaganda negativa, por elusión, que representa no mostrar lo que se ha de mostrar.

Larga vida, vida libre, al BIFF.

Luis Miranda
Director Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria